Hoy hemos salido hacia el COP con la gente del Roller Freestyle, que tiene competición de Park. La idea era aprovechar los entrenamientos para conseguir buenas fotografías de todos. Luego empiezan las competiciones, se solapan los horarios y ya sabemos cómo acaba la cosa: corriendo de un sitio a otro y teniendo que elegir dónde estar.

Cuatro deportistas españoles de Roller Freestyle en las gradas del Park.

Pero la lluvia sigue haciendo de las suyas. Las pruebas de velocidad y sus series se han ido retrasando, así que ha aparecido uno de esos huecos inesperados que vienen bien para adelantar trabajo.

Y aquí estoy, con el portátil sobre una mesa del COP, aprovechando para editar y poner cosas al día mientras, de fondo, se disputa un Eslovaquia–Suiza de Hockey Línea sénior masculino.

Un rato después levanto la vista y el partido ya es un Namibia–Francia.

Y yo sigo aquí, delante del ordenador, con un pabellón entero funcionando a mi alrededor.

Quién me iba a decir esta mañana que acabaría trabajando con dos partidos internacionales de hockey como acompañamiento.

Historias que estaban esperando

Y resulta que estos tiempos muertos están dando bastante de sí.

Llevábamos días con varias historias preparadas, conversaciones con deportistas que queríamos contar con algo más de calma, pero no había manera de encontrar un hueco para sentarse a trabajarlas. Entre competiciones, desplazamientos, fotografías y ediciones de última hora, siempre aparecía algo más urgente.

Así que, casi sin buscarlo, estos retrasos me están permitiendo recuperar parte de ese trabajo pendiente. Hoy, mientras por delante de mi mesa van pasando selecciones de Hockey Línea, van saliendo también algunas de esas historias que llevaban días esperando su momento.

Y al recuperar esas conversaciones vuelven recuerdos de cosas que sucedieron hace apenas unos días. Algunas ni siquiera tienen una semana, pero con el ritmo que llevamos aquí parece que hayan pasado meses.

Es una sensación bastante extraña. Cada jornada está tan llena de competiciones, desplazamientos, fotografías, encuentros y pequeñas historias que los días se van amontonando unos encima de otros.

A estas alturas ya he perdido prácticamente la noción del calendario. Muchas veces no sé ni qué día de la semana es, ni a qué número del mes estamos. Sé qué competiciones tengo que cubrir, a qué pabellón debo ir y a quién quiero encontrarme, pero preguntarme si hoy es martes o miércoles ya requiere un pequeño esfuerzo.

Casi siempre recupero la noción del tiempo cuando toca preparar la agenda del día siguiente. Entonces sí, hay que detenerse, hacer memoria o mirar el móvil para comprobar en qué fecha estamos viviendo.

Y resulta curioso que, mientras el calendario parece avanzar a toda velocidad, las historias de hace cuatro o cinco días ya se hayan convertido en recuerdos que uno tiene que ir rescatando.

Los que no pueden aprovechar la espera

Pero mientras yo aprovecho este rato para trabajar, no consigo quitarme de la cabeza a mis amigos de velocidad.

Hoy han salido tempranísimo del hotel, preparados para otra jornada de competición, y el tiempo les ha vuelto a jugar una mala pasada. Yo tenía previsto acercarme a fotografiarlos, pero cuando salía del hotel me los encontré entrando. Sus pruebas se habían retrasado y, hasta más allá de la una, no les tocaba competir.

Y pienso en lo que están pasando estos días.

Porque no es solamente el esfuerzo físico de las carreras, los rivales o la tensión de jugarse una medalla. Es todo lo que sucede antes. Madrugar, preparar las cosas, desplazarse hasta la pista y encontrarse con que toca esperar. Una hora, dos, las que hagan falta. A veces bajo una carpa, pendientes del cielo, de las decisiones de la organización y de que alguien les diga, por fin, que pueden salir a patinar.

Y cuando parece que todo va a ponerse en marcha, otro retraso. Otra espera. Otro cambio de planes.

No sé cómo se gestiona ese desgaste. Cómo mantienes la concentración, el cuerpo preparado y la cabeza en la competición cuando ni siquiera sabes a qué hora vas a poder salir a la pista.

Desde fuera vemos las carreras, los resultados y las medallas. Pero estos días estoy viendo también todo lo que les cuesta llegar a ese momento.

Y me da mucha rabia por ellos. Porque llevan meses preparando estas pruebas y, cuando por fin están aquí, buena parte de sus energías se les va en esperar a que el tiempo les permita competir.

A pie de pista... cuando la encuentro

Y lo más curioso de todo es que, con tantas carreras, retrasos y cambios de horario, al final no he podido hacer precisamente aquello para lo que había salido esta mañana del hotel: fotografiar los entrenamientos de Roller Freestyle.

Cuando parecía que iba a encontrar un hueco para acercarme al Park, la velocidad volvió a ponerse en marcha y tocó cambiar de planes. Otra vez.

Así que los chicos del Roller se han quedado hoy sin las fotografías que quería hacerles. Pero mañana tendrán su oportunidad.

La velocidad se traslada al circuito y mañana, en principio, no voy a acompañarlos. Quiero dedicarles a los del Park el tiempo que se merecen, tanto en los entrenamientos como en las clasificatorias.

Eso no significa que me despida de la velocidad. Espero volver al circuito, quizá para los 100 metros o para alguna otra prueba en los próximos días.

Cuándo, ya veremos. Porque si algo estoy aprendiendo en estos Mundiales es que hacer planes está muy bien, pero conseguir cumplirlos es otra historia.

Yo sigo aquí, a pie de pista. Lo que pasa es que tengo la impresión de que últimamente me la andan moviendo en el espacio y en el tiempo.

Una banda sonora inesperada

Así que se acabó el tiempo de estar sentado delante del ordenador. Hay que volver a moverse.

Y, al salir del pabellón, otra de esas situaciones que no dejan de sorprenderme.

Paso cerca de los vestuarios y escucho música. Dentro están los jugadores de Hockey Línea sénior. Unos tiarrones que, cuando salen a la pista, se reparten golpes, empujones y esticazos de los que impresionan incluso viéndolos desde fuera. Un deporte de contacto, duro, muy físico.

¿Y qué está sonando en uno de los vestuarios, a todo volumen?

Dancing Queen, de ABBA.

Me entra la risa.

Después de verlos competir con esa intensidad, lo último que esperaba escuchar al pasar junto a su vestuario era aquello.

Estos Mundiales no dejan de sorprenderme. Y muchas veces lo mejor ni siquiera sucede dentro de la pista.

Chevi Guzmán con la medalla de plata de los 500 metros.

Un restaurante con hockey de fondo

Terminadas las series clasificatorias de los 1.000 metros de velocidad y la entrega de medallas de los 500, toca recoger el picnic que nos han preparado en el hotel y buscar un sitio donde comer.

Y, cómo no, volvemos a nuestro pabellón-restaurante de referencia.

Esta mañana ya he trabajado aquí con un Eslovaquia–Suiza de fondo, después ha llegado un Namibia–Francia y ahora, mientras intento dar cuenta del picnic, nos toca un Alemania–Uruguay.

Anda que no había partidos para elegir...

Entre bocado y bocado, voy mirando de reojo lo que sucede en la pista. A estas alturas, uno ya empieza a acostumbrarse a que cualquier grada, mesa o rincón del pabellón sirva para trabajar, comer o simplemente sentarse diez minutos antes de volver a salir corriendo.

Quién me iba a decir que acabaría teniendo un restaurante habitual en Asunción donde el menú cambia poco, pero los partidos de hockey que lo acompañan son siempre diferentes.

Y mientras doy cuenta del picnic, con el Alemania–Uruguay de fondo, me llegan noticias del Alpino en Línea.

¡Otros dos bronces por equipos!

Con estos ya suman ocho medallas en Asunción. Ocho. Menuda actuación la de mis amigos del Alpino.

Y yo aquí, enterándome desde la grada de un pabellón, mientras intento comer algo entre competición y competición.

Me alegro muchísimo por ellos. Llevo años siguiéndolos, compartiendo jornadas de competición y conociendo a la gente que hay detrás de cada resultado. Y ver cómo están respondiendo en estos Mundiales, sumando medallas un día tras otro, me hace especial ilusión.

Ocho medallas. Para quitarse el sombrero, la gorra, la boina y lo que haga falta.

Un clásico, aunque sea al otro lado del océano

Después de comer, toca Hockey Línea. Nuestras júnior se enfrentan a México en un partido bastante tranquilo, al menos para nosotros. Las españolas se imponen sin demasiadas dificultades, aunque yo solo puedo quedarme durante la primera mitad.

Porque llega uno de los duelos del día: Portugal–España de Hockey Patines.

Un clásico. Siempre intenso, siempre reñido. Esta vez, el duelo ibérico se disputa allende los mares, pero hay cosas que no cambian por muchos kilómetros que pongas de por medio.

Los nuestros hacen un partido muy serio, de esos en los que no puedes despistarte ni un momento. Y cuando parecía que todo estaba controlado, todavía quedaba tiempo para un último sobresalto.

Con España ganando 1–3, una tarjeta azul nos deja con un jugador menos en el último minuto. Portugal aprovecha la superioridad y recorta distancias: 2–3.

Los portugueses deciden entonces jugársela, retiran al portero y salen con cinco jugadores de pista buscando el empate. Pero recuperamos una bola y, prácticamente sobre la bocina, marcamos el 2–4 definitivo.

Un final de esos que te mantienen pendiente hasta el último segundo. Y una victoria importante que prácticamente nos asegura pasar como primeros de grupo a los cuartos de final.

Celebración de un jugador español en el Portugal–España de Hockey Patines.

Y otra carrera a las carreras

Termina el Hockey Patines y toca otra carrera. Esta vez, literalmente, a las carreras.

Los nuestros se juegan la final de relevos de velocidad, la última prueba de una jornada que, para ellos, parece no terminar nunca.

Llevan días interminables en la pista. La lluvia, los aplazamientos, los cambios de horario, las horas esperando bajo las carpas... Y no todos han tenido las competiciones que esperaban. Después de tanto tiempo preparando estos Mundiales, cuando las cosas no salen como uno quisiera, la cabeza empieza a dar más vueltas de la cuenta.

Les hacía falta una alegría. Una buena inyección de moral.

Y menudo campanazo.

¡ORO!

Qué carrera. Qué intensidad. Los relevos son una de las pruebas que más me gustan de velocidad. Siempre me han parecido un espectáculo, con los equipos rodando juntos, los cambios, las estrategias y esa tensión que se mantiene hasta el final.

Y hoy, además, todo salió sobre ruedas.

Patxi Peula, Chevi Guzmán y Manu Taibo se proclaman campeones del mundo en relevos sénior masculino.

Después de todos estos días viéndolos esperar, sufrir los retrasos y tratar de mantener la concentración, no sabéis cuánto me alegro por ellos.

Y luego llegaron las celebraciones.

Otro torbellino. Abrazos, gritos, sonrisas, gente entrando y saliendo de las fotografías... Y yo intentando estar en todas partes, como siempre, pero esta vez disfrutando especialmente de lo que tenía delante.

Porque esas fotos de las celebraciones son también una de mis medallas de estos Mundiales. De las muchas que me estoy llevando sin subir a ningún podio.

Patxi Peula, Chevi Guzmán y Manu Taibo con sus medallas de oro en relevos.

Menudo colofón para el día.

Aunque esperad, que todavía queda una última imagen.

Durante todos estos días, los chicos de velocidad han tenido que comer de picnic en la pista quién sabe cuántas veces, esperando a que dejara de llover y pudieran continuar las competiciones.

Y resulta que, para preparar la estrategia de los relevos, el seleccionador utilizó como pizarra... la parte posterior de una de esas cajas de cartón en las que les traían los picnics.

Ni tablet, ni iPad, ni pizarra electrónica.

Una caja de cartón.

Y con ella prepararon la carrera que acabaría dándoles el oro mundial.

No se me ocurre una imagen mejor para contar lo que han sido estos días para ellos.

El seleccionador mostrando la estrategia de relevos dibujada en una caja de cartón.