Antes de una final, Sergi Macià acostumbra a hacer un ejercicio bastante sencillo. Poner sobre la mesa lo que tiene su equipo y lo que tiene el rival. Comparar, valorar y pensar cuántas cosas tendrían que salir mal para que los suyos no ganasen.

Me lo contó unas horas antes de disputar la final del Mundial de hockey patines femenino, aquí en Asunción.

En las finales que había ganado, decía, siempre había llegado a una conclusión parecida: tendrían que fallar demasiadas cosas para perder.

Aquella vez había vuelto a hacer sus cuentas.

—Hoy he mirado la mesa y creo que ganaremos.

Y ganaron.

Pero esta no es una historia sobre aquella final. Ni siquiera sobre un título mundial. Es una historia sobre alguien que lleva prácticamente toda su vida vinculado al hockey patines y que, después de tantos años, sigue encontrando motivos para aprender, trabajar y disfrutar de lo que hace.

Y también es, inevitablemente, una historia que me toca un poco de cerca.

De rivales a compañeros de camino

A Sergi lo conozco desde hace muchos años. Tantos que, cuando nos encontramos, no necesitamos demasiadas presentaciones ni explicaciones.

De jóvenes estuvimos frente a frente sobre una pista de hockey, cada uno defendiendo sus colores. Entonces éramos rivales. Con el tiempo llegaron los encuentros fuera de la competición, las conversaciones, los mundiales, los eventos y esa camaradería que suele quedar entre quienes han compartido un deporte durante buena parte de su vida.

Incluso hace unos años volvimos a coincidir con los patines puestos, en alguna pachanga de veteranos. Otra forma de recordar que hay cosas que, por muchos años que pasen, no terminan de abandonarte.

Fotografía histórica de un equipo de hockey patines del FC Barcelona

Hoy nuestras posiciones son distintas. Él está en el banquillo, dirigiendo a una de las mejores selecciones del mundo. Yo ando alrededor de la pista, con una cámara al hombro, intentando contar lo que ocurre dentro y fuera de ella.

Pero seguimos hablando de hockey. Como antes.

Y quizá por eso me apetecía especialmente sentarme un rato con él, encender la grabadora y conversar sin demasiadas prisas.

No tanto para preguntarle cómo se prepara una final, sino para conocer un poco mejor al entrenador que hay detrás de todos estos años.

Entrenador desde los dieciséis

Sergi empezó a patinar con tres años. Y a entrenar, con dieciséis.

Cuando dejó el colegio Padre Mañanet para incorporarse al juvenil del FC Barcelona, decidió hacerse cargo de un equipo prebenjamín de su antiguo colegio. Era una manera de seguir vinculado a aquel lugar.

Lo que quizá entonces parecía una actividad más acabó convirtiéndose en una vocación.

Le pregunté si, después de tantos años, se sentía más jugador o entrenador.

No tuvo dudas.

Más entrenador.

Y eso explica bastantes cosas.

Porque, aunque su trayectoria deportiva le haya llevado por diferentes equipos y responsabilidades, hay algo que parece acompañarlo desde aquellos primeros entrenamientos con niños: la necesidad de enseñar, organizar, dirigir y encontrar la manera de que un grupo funcione.

Sergi Macià dirige un tiempo muerto de la selección en Barcelona 2019

No es exactamente lo mismo trabajar con un equipo de base que con una selección absoluta. Tampoco preparar una temporada entera que afrontar un Mundial.

En un club hay tiempo para construir, corregir y volver a empezar. En una selección, los plazos se comprimen. La preparación es corta, la exigencia inmediata y el margen para equivocarse mucho menor.

Pero el trabajo sigue siendo trabajo.

Y de eso Sergi sabe bastante.

Saber qué es lo importante

En un momento de nuestra conversación le pregunté qué le diría al entrenador que era hace diez, quince o veinte años.

No me interesaban tanto los conocimientos tácticos, que inevitablemente se adquieren con la experiencia, como la manera de gestionar situaciones, decisiones y emociones.

Su respuesta fue una de las que más me hicieron pensar.

Recordó una frase de Víctor Cooper:

«Lo más importante es saber qué es lo más importante».

Parece una obviedad. Hasta que empiezas a darle vueltas.

Con los años, me explicó, ha aprendido que no todo requiere una intervención inmediata. Que hay comportamientos que conviene corregir y otros que necesitan tiempo. Que algunas emociones hay que detenerlas y otras simplemente dejarlas pasar.

No se trata de estar menos pendiente de las personas, sino de saber cuándo intervenir y cuándo tener paciencia.

Y, cuando toca intervenir, hacerlo.

Sergi Macià da instrucciones a la selección masculina en Nanjing 2017

Hay una escena de Nanjing 2017 que todavía recordamos entre risas.

Uno de los jugadores se había dejado la acreditación en el hotel, a unos cuarenta y cinco minutos en autobús. Sin ella no podía pasar los controles de acceso y apenas quedaba tiempo para regresar a buscarla.

Los lectores de las puertas se iluminaban en verde cuando reconocían una acreditación válida y pitaban cuando algo fallaba.

Sergi no se complicó demasiado.

Organizó una especie de sándwich: un jugador acreditado delante, el despistado en medio y otro acreditado detrás. Los tres juntos, un empujón y hacia dentro.

Cuando los responsables del control empezaron a protestar, ellos ya iban camino del vestuario.

Yo me quedé fuera, contemplando la maniobra bastante perplejo.

Han pasado nueve años y todavía nos reímos alguna vez al recordarlo.

No fue precisamente un ejemplo de respeto a los controles de acceso, pero sí una buena muestra de esa capacidad de Sergi para encontrar una salida inmediata cuando aparece un problema.

Resolver y seguir adelante.

Quizá eso también sea saber qué es lo importante.

Actitud multiplica. Somos una.

Hay dos lemas que acompañan su manera de entender el trabajo con la selección.

«Si vols, pots. I si pots, pots més. Actitud multiplica».

Y otro, mucho más breve:

«Somos una».

El primero habla de la actitud, de no conformarse y de seguir buscando algo más incluso cuando ya se ha alcanzado un objetivo.

El segundo lleva esa exigencia individual al terreno colectivo.

Porque una selección no es solamente una suma de buenas jugadoras. Es también un grupo de personas que tiene que aprender a convivir, confiar y trabajar en una misma dirección durante semanas de preparación y competición.

Y ahí el papel del entrenador va bastante más allá de decidir quién juega o cómo se defiende una situación de partido.

Sergi Macià escribe en una pizarra junto al banquillo en Asunción

Sergi ha trabajado con equipos masculinos y femeninos, con jóvenes y con deportistas experimentados. Cree que las diferencias entre unos grupos y otros no están tanto en los egos o en la manera de entender la competición como en la disposición para recibir nuevas ideas y en la gestión de las relaciones personales.

Los más jóvenes suelen estar más abiertos a aprender. Los veteranos llegan con sus virtudes, sus costumbres y también con sus vicios, mucho más asentados.

Y entre equipos masculinos y femeninos ha encontrado diferencias en el trato, las emociones y la predisposición. No mejores ni peores. Diferentes.

Por eso, cuando habla de construir un grupo, no parece estar pensando únicamente en un sistema de juego.

Está hablando de personas.

La tranquilidad también se entrena

Le pregunté cómo se gestionan los nervios antes de una final.

Su respuesta fue menos espectacular de lo que podría esperarse.

Rutina.

Hacer las cosas como se han hecho durante toda la preparación. Desayunar igual, preparar el partido igual, calentar igual. Evitar que la importancia del encuentro convierta en extraordinario lo que durante semanas ha sido habitual.

El objetivo es llegar al momento decisivo con la sensación de que todo sigue bajo control.

Sergi se define como una persona bastante fría. Y considera que esa frialdad le ayuda a transmitir tranquilidad al equipo.

Sergi Macià observa la pista con los brazos cruzados en Nanjing 2017

No significa que no le importe lo que está en juego. Significa que intenta que la presión no cambie la manera de afrontarlo.

Al escucharlo, resulta más fácil entender aquella reflexión sobre saber qué es lo importante.

También en una final.

Especialmente en una final.

Seguir aprendiendo

Hay otra cosa de Sergi que me gusta: después de tantos años en el hockey patines, sigue mirando alrededor.

Durante estos World Skate Games hemos tenido ocasión de coincidir con otras disciplinas y de ver deportes que, aunque comparten patines, pista o elementos de juego, tienen sus propias reglas y formas de competir.

Hablamos del hockey línea y de cuánto podría aprender una modalidad de la otra.

Sergi cree que comparten mucho más de lo que parece. Patines, stick, desplazamientos, decisiones tomadas a gran velocidad.

Y se pregunta por qué no experimentar con formatos diferentes, competiciones de tres contra tres o cuatro contra cuatro, incluso incorporando reglas de otros deportes.

¿Por qué no probar?

Recuerda que muchas cosas que hoy parecen normales en el hockey patines llegaron de otras disciplinas. Los bloqueos, por ejemplo.

Me parece una reflexión interesante en alguien que lleva toda una vida dedicado a lo mismo.

La experiencia no tiene por qué significar dejar de hacerse preguntas.

También hablamos de estos mundiales que reúnen tantas modalidades bajo un mismo paraguas. Para Sergi, la convivencia y la dimensión del evento tienen un valor enorme, aunque cree que todavía queda mucho por mejorar en su organización y profesionalización.

No es una crítica al concepto. Más bien al contrario.

Precisamente porque considera que tiene un potencial extraordinario, piensa que merece la pena hacerlo mejor.

Lo que queda después de tantos años

Mientras preparo estas líneas pienso en la cantidad de veces que nuestros caminos se han cruzado.

Primero como rivales. Después como viejos conocidos que siguen encontrándose alrededor de una pista. A veces en un mundial, otras en algún evento y, de vez en cuando, incluso volviendo a jugar por el simple placer de hacerlo.

El hockey tiene estas cosas.

Te permite pasar de competir contra alguien a compartir conversaciones, recuerdos y una buena parte de la vida.

Y en Asunción hemos vuelto a coincidir, cada uno ocupado en lo suyo, pero encontrando un rato para hablar de lo que nos une desde hace tantos años.

Sergi Macià junto a las jugadoras y el equipo técnico durante la celebración en Asunción

Al terminar aquella conversación le pedí un pronóstico para la final.

Sergi ya había puesto sobre la mesa lo que tenía su equipo y lo que tenía el rival. Había hecho su valoración y confiaba en sus jugadoras.

Creía que iban a ganar.

Y ganaron.

Abrazo de Sergi Macià y una jugadora tras la final en Asunción

No sé si fue exactamente como él había imaginado. Pero sí sé que detrás de aquella confianza había muchas horas de preparación, decisiones, paciencia y trabajo.

Han pasado muchos años desde que nos encontrábamos sobre una pista, cada uno con su camiseta y sus ganas de ganar. Hoy él sigue viviendo el hockey desde un banquillo y yo desde detrás de una cámara.

Y me gusta pensar que, por mucho que cambien nuestras posiciones, todavía nos queda mucho hockey por compartir.

Sergi Macià con el trofeo y la medalla tras la final en Asunción