En 2017, durante los World Roller Games de Nanjing, fotografié a un joven patinador español que competía en una modalidad que entonces apenas conocía. Se llamaba Enrique Rubio y hacía derrapes.
Nueve años después volvemos a encontrarnos en unos Mundiales, esta vez en Asunción. Enrique acaba de conseguir la plata y me cuenta que estos serán sus últimos Mundiales como competidor.
La noticia me hace mirar de otra manera aquellas fotografías de China. Tengo delante al mismo patinador, aunque ahora con muchas más competiciones a sus espaldas. Y me apetece saber qué ha pasado entre una imagen y otra.
Empezamos por lo básico: quién es Enrique Rubio cuando no está compitiendo.
—Soy un albaceteño de 29 años, físico y patinador desde que tengo memoria.
—¿Físico? Esa no la sabía.
Estudió Física en Valencia y trabaja como analista de datos. Lo del patinaje, en cambio, viene de mucho antes.
Empezó en 2011, jugando al hockey y practicando velocidad. Dos años después, el presidente de su club decidió organizar una copa de freestyle en Albacete y animó a los patinadores a preparar lo que supieran hacer.
Enrique probó distintas disciplinas: saltos, slalom, speed slalom... Y terminó quedándose con los derrapes.
Desde entonces, hasta hoy.
Nueve años entre dos fotografías
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Cuando pongo juntas las fotografías de Nanjing y Asunción, hay algo que llama inmediatamente la atención.
En ambas aparece con los brazos abiertos, el cuerpo buscando el equilibrio y los patines cruzados sobre la pista. Han pasado nueve años, pero el gesto sigue siendo reconocible.
Le pido que me explique su deporte como si estuviera hablando con alguien de hockey, velocidad o descenso que nunca hubiera visto una competición de freestyle.
Me cuenta que el inline freestyle reúne seis disciplinas bastante diferentes entre sí. Están el classic y el battle, con sus movimientos técnicos entre conos; el speed slalom, donde se trata de recorrer una fila de veinte conos sobre un pie lo más rápido posible; el salto de altura y, por supuesto, los derrapes.
En su especialidad, los patinadores aceleran y después deslizan sobre una superficie plástica, realizando figuras con distintas posiciones de los pies.
Y me da una clave para entender lo que estoy fotografiando:
—Cuantas menos ruedas haya en contacto con el suelo, más difícil es el truco.
De pronto, algunas de esas posiciones que parecen imposibles empiezan a tener algo más de sentido.
Pero detrás de cada movimiento hay mucho más que equilibrio. Hay técnica, precisión, entrenamiento y un conocimiento del deporte que Enrique lleva años intentando compartir.
No había un manual. Así que escribió uno
Cuando le pregunto por sus últimos catorce años de competición, enseguida aparece una faceta que va bastante más allá de las medallas.
Enrique ha publicado tutoriales en YouTube, colabora con la Federación y ha escrito un libro para enseñar derrapes. Del libro ya sabía, porque me había pedido alguna fotografía para incluirla en él. Me sorprendió que un patinador tan joven se hubiera metido en semejante trabajo, así que ahora aprovecho para preguntarle por qué.
Su respuesta es sencilla:
—No había nada. Ni había ni hay.
Me explica que incluso el reglamento menciona determinados trucos sin describir exactamente cómo se ejecutan. Puedes encontrar el nombre de una figura, pero no necesariamente una explicación que sirva para aprenderla o enseñarla.
Había vídeos, incluidos algunos suyos y de Pablo Soler, pero faltaba un manual al que un entrenador pudiera acudir para saber cómo realizar un movimiento, cuáles son los errores habituales y cómo corregirlos.
Así que decidió aprovechar lo que había aprendido y ponerlo por escrito.
Me interesa especialmente esa manera de entender el deporte. Enrique no se limita a practicarlo: también quiere que otros puedan aprenderlo y que quienes vienen detrás dispongan de herramientas que él no tuvo.
Y no se quedó en el libro.
En 2024 participó, junto a otros jueces y patinadores, en el desarrollo de un sistema de puntuación para las competiciones de derrapes en España.
Hasta entonces, me explica, buena parte de la valoración dependía de comparar las actuaciones. Y eso podía dar lugar a una situación que a él le resulta difícil de aceptar: que el ganador de una final pudiera cambiar dependiendo de quién estuviera sentado en la mesa de jueces.
—Me parece impensable que una competición pueda tener un ganador u otro dependiendo de quién lo juzgue.
El sistema que desarrollaron asigna puntuaciones a partir de parámetros concretos: el truco realizado, los metros recorridos, si consigue detenerlo correctamente, la estabilidad del cuerpo...
Los jueces siguen interviniendo, naturalmente, pero ahora hay criterios que pueden revisarse y discutirse. Si alguien considera que un derrape no ha recorrido ocho metros, sino cinco, existe una base para comprobarlo.
Según Enrique, el sistema lleva dos años asentado en España.
No deja de resultar curioso que aquel chico al que fotografié en China haya terminado trabajando también para que su deporte sea más fácil de enseñar y más justo de juzgar.
Rivales, amigos y una semana en Tailandia
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Hay algo que me había llamado la atención durante la competición de Asunción.
Enrique me contó que había estado entrenando con algunos de los patinadores contra los que después iba a competir por las medallas.
Le pregunto si es habitual que los rivales compartan sus conocimientos de esa manera.
Y entonces aparece una de las historias que más me gustan de nuestra conversación.
El año pasado, uno de sus rivales terminó primero, un patinador de Singapur fue segundo y Enrique tercero. Como el singapurense no podía acudir a Asunción, ambos decidieron viajar a Tailandia para entrenar juntos con otros patinadores.
Así, sin más.
Bueno, no exactamente sin más.
Enrique tuvo que pagarse el viaje y pedir una semana de permiso sin sueldo porque ya no le quedaban vacaciones.
—Por suerte, tengo un trabajo que me permite hacerlo.
Le pregunto si no le parece extraño preparar un Mundial entrenando precisamente con quienes van a intentar ganarle.
Él lo ve de otra manera.
—Yo creo que ellos me sumaron más de lo que yo pude sumarles a ellos.
Y explica que, aunque durante la competición todos quieren ganar, fuera de ella siguen siendo amigos.
En los derrapes, dice, existe bastante camaradería. Tiene amigos en muchos países y, en buena medida, eso es precisamente lo que busca.
—Está muy bien competir, pero al fin y al cabo yo quiero disfrutar compitiendo contigo. No estar a matar.
Me gusta esa frase porque resume bastante bien su manera de entender el deporte.
Enrique quiere ganar, por supuesto. Quiere estar lo más arriba posible y durante el mayor tiempo posible. Pero no está dispuesto a que la búsqueda de un resultado le haga perder todo lo demás.
Me cuenta incluso una circunstancia de la competición de Asunción. El patinador tailandés eligió salir el último, lo que le permitía ver antes la actuación de Enrique y ajustar mejor la suya.
Una ventaja para su rival.
¿Y qué?
—Vamos a tope y ya está.
Hay una diferencia importante entre querer ganar a alguien y necesitar que esa persona sea tu enemigo. Enrique parece tenerla bastante clara.
Catorce temporadas después
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Enrique lleva catorce temporadas compitiendo y ha decidido que Asunción sea su despedida de los Mundiales como deportista.
Se marcha con una medalla de plata, aunque tengo la impresión de que, cuando habla de estos años, el metal importa bastante menos que todo lo que ha vivido alrededor.
Le pregunto qué va a pasar cuando deje de competir al máximo nivel.
—Los patines no me los quito.
Lo dice con absoluta naturalidad.
Quiere seguir dentro del freestyle, ayudando como entrenador o juez. De hecho, lleva años enseñando y organiza desde hace una década un campus de verano en los Pirineos.
No está empezando una faceta nueva. Simplemente tendrá más tiempo para dedicarle.
Y también quiere aprovechar para hacer otras cosas.
Me cuenta que tiene pendiente una experiencia en velocidad: participar en una prueba de 24 horas. Lleva años hablándolo con unos amigos, pero siempre terminaba coincidiendo con alguna competición importante de freestyle.
También le gustaría correr la P2P.
No pretende convertirse ahora en un patinador profesional de velocidad. Quiere probar, recuperar sensaciones y disfrutar de otra disciplina que siempre le ha gustado.
Y, además, está corriendo por montaña.
Hasta aquí, todo encaja bastante bien con alguien que está reorganizando sus prioridades después de tantos años de competición.
Pero entonces me suelta algo que no esperaba.
—De hecho, me mudo a Oviedo.
—¿A Oviedo?
Sí. En noviembre. Está buscando piso.
Quiere tener la montaña cerca.
No puedo evitar reírme. Después de encontrarnos en China y reencontrarnos nueve años después en Paraguay, resulta que ahora vamos a vivir prácticamente al lado.
Le pregunto si seguirá patinando por Asturias. Me habla del club de Avilés, de la posibilidad de acercarse a entrenar y de colaborar dando alguna clase.
Y pienso que, al final, esto tiene bastante poco de despedida.
Un punto y seguido
Cuando terminamos de hablar, vuelvo a mirar las fotografías.
En las de Nanjing aparece un Enrique mucho más joven, con la camiseta azul de España, descubriendo todavía buena parte de lo que acabaría siendo su trayectoria deportiva.
En Asunción lleva la camiseta roja, una medalla de plata y catorce temporadas de experiencia.
Entre ambas imágenes hay un libro, tutoriales, un sistema de puntuación, viajes pagados de su bolsillo, rivales convertidos en amigos y muchas horas sobre los patines.
Ahora quiere seguir enseñando, aprender otras cosas y cambiar algunas prioridades.
Deja de competir al máximo nivel, pero no deja el patinaje.
Y mientras nos despedimos, todavía me hace gracia pensar que, después de nueve años encontrándonos en Mundiales al otro lado del mundo, nuestro próximo encuentro podría ser en Asturias.
Le digo que me llame cuando organice algo.
Porque esta vez no tendremos que esperar a otro Mundial para volver a vernos.



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